
Llegó a casa tras un largo día y se dirigió directamente a su habitación. Abrió las ventanas y sacó medio cuerpo al aire, respirándolo, soñando con volar lejos, con irse de allí algún día, con que todo cambiara. Y, tan rápido como la ilusión llegó a su ser, le abandonó y se sumió en un repentino y profundo estado de amargura. Otra vez.
Aprovechando que el ordenador, su instrumento de escritura, estaba encendido, se sentó en la silla y comenzó a escribir para alguien o para si mismo:
Y aquí me hallo, de nuevo, sentado en la misma silla de siempre, usando el mismo teclado de siempre y pensando lo mismo de siempre. Sintiendo lo que suelo sentir y apretando un montón de teclas por si, fruto de Dios, del destino o del azar, sale algo que no sea inservible. Escribir y leer lo que otros escriben es para mi, una vez más, un intento de escapar del tedio, la amargura, la monotonía.
Porque a eso se resume todo: aburrimiento. Sí, levantarse por la mañana, ir a algún lugar al que tienes que ir, y no por gusto, sino por supervivencia, volver al hogar, estar con gente... la misma gente de siempre, en el mismo lugar... Estoy harto. Estoy muy cansado de todo, no encuentro nada que me llene y me parece que, haga lo que haga, no va a servir de nada. Que no voy a alcanzar ninguna meta, principalmente porque no tengo ninguna y, si en alguna ocasión la tuve, acabé como en todas las anteriores: destrozado y arrastrándome por el suelo, intentando mantener una dignidad que casi he perdido por completo.
Y es que las cosas, mi mundo, tal y como está ahora, es, simple y llanamente, una mierda. No se si va a cambiar, desde luego si no cambia no va a ser por no intentarlo, pero parece que los astros se confabulan una y otra vez contra mi en momentos críticos y en los no tan críticos... y lo peor es que todo el mundo me dice que no me queje: que tengo un techo bajo el que dormir, algo que llevarme a la boca, amigos y familiares vivos y sanos... pero es que, por más que yo lo diga, no acaban de comprender que mi hambre no es física, sino espiritual, y que lo que más me duele es que todo el mundo tenga algo que yo nunca he tenido... ¿Envidia? No lo sé, tal vez. Lo que no puedo evitar es que mi estado anímico sea, por norma general, bastante desagradable: creo que, poco a poco, me estoy volviendo un insensible.







