jueves, 27 de enero de 2011

Del regreso y posterior marcha de alguien que no entiende nada.

No sé si es el tiempo, que han pasado ya momentos complicados, que esos momentos aún están por llegar o, tal vez, la dulce y meláncolica tonada que me ha llegado al oído. Lo que sí es cierto es que hace más de un año que no me paso por aquí.

Seré honesto: perdí la inspiración hace tiempo. Eso suponiendo que en algún momento la tuve. Es algo atrevido afirmarlo. En cualquier caso, siento que ya no tengo nada que decir ni nada que hacer. Es una pena.

Sin embargo, leyendo todo lo que aquí se guarda, no puedo hacer otra cosa que no sea emocionarme. Solo hace dos años de esto y parecen siglos. Y al mismo tiempo parece que fue ayer. Añoro esos tiempos en los que parecía que estaba haciendo algo... Ahora, simplemente, no puedo hacer nada, ni bueno ni malo. Me han arrebatado la capacidad.

Pero no hablemos de mí, hablemos de ustedes. Gente anónima que me ha leído de vez en cuando y que tal vez no lean esta entrada. Puedo asegurar que ustedes me conocen más que muchas personas. Lo que aquí reside es mi alma, que ha podido cambiar, pero en esencia sigue siendo la misma. En fin, que les doy las gracias por prestarme un poquito de atención y por tenerme en cuenta por poco que haya hecho yo por ustedes.

He venido a despedirme. Tengo la sensación de que no volveré a sentir lo que sentí. Siento la necesidad de pasar página... qué se yo. Pero a pesar de ello no puedo dejar de amar cada palabra aquí escrita porque, para bien o para mal, me representa. Me da mucha lástima cerrar esto y por eso no lo voy a hacer. Dejaré que la prosa y la poesía, imperecederas, permanezcan aquí a buen recaudo. Probablemente en el futuro vuelva a leerlo todo, como ya he hecho otras veces.

Sin más, me marcho. Les doy las gracias por existir y por haberme facilitado la existencia. Seguramente nos veamos en alguna otra ocasión.

Adiós.

martes, 19 de enero de 2010

Saludos, si alguien me lee. No me olvido de vosotros.

Me he pasado por aquí para recordar viejos tiempos. Pensar sobre el pasado, sobre todo lo que ocurrió. Cada pedazito de este blog representa una parte de mí. Forma parte de un cúmulo de desgracias, que no eran tales, pero que a mi me hicieron sufrir. Un sufrimiento necesario, por otra parte. Se podría decir, incluso, que este que escribe no es el mismo, sino otro. Pero sigo siendo yo: solo yo puedo sentir nostalgia del sufrimiento. Y es que, a pesar de todo, ha sido gracias a todo eso por lo que estoy hoy aquí. Si no, ni siquiera me hubiera dignado a abrir este peqeño espacio en la red.

Supongamos, entonces, que un joven adolescente conoce a una chica. Y a partir de ahí se deriva una serie de acontecimientos que desembocan en un desahogo textual. Y el chico sufre, lo pasa mal y no encuentra lo que busca. Se angustia. Se desespera. Y abre un blog.

"Quiero evadirme", me dijo. Pobre infante, despechado, que te regocijas en tu propio dolor para sentirte útil. Y era lo mejor que podía hacer, sin ninguna duda. Es una triste verdad que los mejores versos surgen de los malos momentos, que los textos más sensacionales nacen de tardes melancólicas y del olor a café.

Y así, separando cada párrafo, componiendo cada verso, se va formando una nueva vida, una nueva visión del mundo. Y el amor, en realidad, queda en un segundo plano. Se muestra satisfecho con ser el impulsor de esa maquinaria artística y filosófica. "Si sé que he nacido para ella, ¿por qué no puedo tenerla?" llegó a decirme el pobre muchacho. Pues ahora lo entiende, claro. Si no la hubiese conocido jamás se habría puesto a escribir. Y, oye, no era un portento el chaval pero, personalmente, me gustan varios de sus poemillas -unos más que otros- y algunos de sus pseudo-relatos. Y opino que a él le vinieron muy bien.

En fin, me pasaba por aquí para decirle a este chico, que ya será un poquito más adulto -aunque le queda aún mucho por andar, al pobre... lo que le queda-, que todavía le recuerdo. Que jamás me voy a olvidar de él. Que sin él yo no estaría aquí. Que se sienta orgulloso de lo que fue, de lo que es, y de lo que será, porque esa es la única manera de ser feliz. Que viva, que no se avergüence de si mismo. Que al que no le guste, que no mire. Y que cuando parezca que está todo perdido, se levante. Y si se vuelve a caer, que se vuelva a levantar. Que intente llegar a la cima más alta, a la cumbre más borrascosa, a la fosa más profunda que encuentre. Que no se rinda nunca, antes muerto que rendido. Que si lucha por lo que quiere puede que no lo consiga. Que asuma esa derrota y, aun así, siga intentándolo. Y, con todo eso, que viva su vida, larga, feliz, solo o acompañado, da igual. Pero que no se arrepienta nunca de lo que hizo. De puta madre, chaval. De puta madre.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Me alegré de verte

Anoche soñé contigo.
Me alegré de verte.
Ya te había olvidado,
pero fui testigo de tu presente.

No voy a pronunciarme,
tan solo... me alegré de verte.
Y de que estés bien
aunque vuelva a verte caer
en las manos de la muerte.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Mi Buenos Aires querido.

Son las 11 de la mañana según mi reloj. Pero joder, atardece. Debemos haber recorrido muchos kilómetros para que el desfase horario sea tan grande. Es lamentable que me pueda sorprender algo así. Bueno, lo dicho: son las 11 y atardece. Y es un atardecer limpio, tan solo alguna nube mancha el horizonte, pero son nubes blancas. No huele a tormenta, huele a salitre y libertad. A eso huele. Libertad para mi, obviamente. Libertad para un hombre que huye de donde nació. Que huye de un lugar que le castiga y de una gente que le atormenta. Y ahora, ese hombre, o sea, yo, está libre y feliz. Feliz lejos de todos esos buitres hambrientos de carroña. Y todo esto lo pienso ahora, mientras el sol me da en la cara, pero no me molesta. Es más, me reconforta. Empieza a hacer frío aquí, en medio de la nada. Tan solo rodeado por agua transparente, pero fiel reflejo del cielo.

Navego en un barco que no es mio. Navego por la cara, como quien dice. Es un simple barco mercante que en algo más de dos semanas llegará a Buenos Aires. Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, que diría Carlos Gardel. Mi Buenos Aires querido, que me va a brindar una nueva oportunidad para cometer nuevos fallos, para sufrir otras desgracias, para vivir otra vida. Otra oportunidad para existir. Total, que me encuentro bien después de mucho tiempo. Y se que me sentiré mejor cuando vea tierra sobre el horizonte, cuando la pise. Cuando recuerde al mar con nostalgia y cuando, poco a poco, descubra, primero, cada rincón de Mi Buenos Aires querido, y después, cada rincón de Argentina. Así es: no pienso parar quieto mientras me queden fuerzas (y piernas). Pienso viajar, viajar, viajar... vivir. Vivir ahora, vivir feliz, vivir de día, de noche, de tarde, de mañana y en cualquier lugar. Coño ya.

Y ahora, o tal vez hace un momento, sale la cocinera del barco. Una mujer mayor. Ojo, mayor, que no anciana. Una mujer adulta, una mujer de los pies a la cabeza. Que, pese a todo, desprende feminidad por los cuatro costados. No especialmente atractiva, pero diablos, una mujer. Una señora, como debe ser. Y allí se queda, en la cubierta, apoyada en la baranda, esperando no caerse. Mira el mar, el horizonte, las nubes. El pelo recogido y negro, espeso, seguramente algo sucio, pero no lo aparenta. Las manos estropeadas. Curtidas, más bien. Unas manos curtidas, igual que su piel morena, espejo de los años que ha navegado y de los que le quedan por navegar aun. El rostro delgado, algo enjuto, pero saludable. Cubierto por algunas arrugas, no demasiadas, pero las suficientes como para saber que ha vivido. Y ahí está, esperando. Esperando algo, a alguien, qué se yo. Pero espera. Algo tan auténtico es inconfundible.

Desde donde estoy le pego un grito preguntándole que qué hace. “¿Qué le ocurre, señora?¿Qué espera?”, le pregunto. Y, después de unos segundos, me mira y se va. Sin contestar, se aleja de la baranda y entra de nuevo en algún lugar del barco. El que prefieran. Sonrío levemente y continúo mirando al mar. Me he dado cuenta de que no habla mi idioma.

sábado, 27 de junio de 2009

Coyote



Todo en esta realidad nace, vive y muere. Es paradójico como el mundo nos demuestra continuamente que algo que, a priori, no tiene vida, puede acabar muriendo.
Todo en esta gran maquinaria se desgasta y se va, dejando paso a un sustituto mejor preparado, o tal vez no, pero seguro más joven.

A él le costaba creerlo, pero lo aceptaba. Se dio cuenta de que, aun sin él, el mundo seguiría adelante, el cosmos se mantendría en equilibrio... sin él. Acabaría desgastándose y se volvería inservible con el paso del tiempo. A veces prefería tener que vivir menos para sentir menos dolor al irse. Al fin y al cabo, un coyote no sufre tanto cómo un humano. O tal vez si.

Los coyotes son pequeños cánidos que viven alrededor de 6 años y habitan en toda América del Norte, aunque cada vez quedan menos. Son animales pequeños y delgaduchos, aparentemente débiles, pero que no dudan en defenderse. A pesar de que se les puede ver en manadas, normalmente son solitarios, asi como adictos a la luna, tan adictos que a veces aullan lamentándose de no poder llegar a ella.

Él era pequeño y solitario, y aullaba a una luna que no podía alcanzar. Como un coyote, se deslizaba sigiloso entre las calles tan solo alumbradas por la luz de esa luna. Soñaba con encontrar otros como él, pero los coyotes son escurridizos... y se asustan facilmente. Asi que, cansado de buscar, se sentaba en algún banco o , simplemente, en el suelo. Y asi pasaba las noches, tirado en la calle, mirando a la luna y pensando sobre nada y todo a la vez. Con paciencia se mantenía esperanzado de que otro de su especie le encontrase.

Dicen que el día de su muerte, al llevarse el cuerpo, se encontró algo escrito bajo el cadaver. No estaba escrito con sangre, tampoco con pintura, parecía tallado sobre el asfalto en que solía pasar los días. Al parecer, cuando notó que su hora llegaba, se dedicó a escribir una frase: “El tiempo no espera para nadie, pero los coyotes sí.”

miércoles, 17 de junio de 2009

Día 1



Como cada mañana, salió a dar un paseo con un libro cualquiera en la mano. Tras haber hecho el recorrido habitual, tanto por asfalto como por tierra, llegó a un banco en un parque bastante alejado del centro urbano. Era un buen banco, un banco limpio y situado debajo de un arbol que daba unas hermosas flores rosadas en otoño. Se sentó y comenzó a leer a la luz del cálido sol que asomaba de vez en cuando entre las nubes de un día gris.

No sabría decir cuanto tiempo estuvo leyendo, pero acabó notando una presencia a su lado. Miró de reojo y vio a una muchacha no mucho mayor que él, que también estaba leyendo un libro.

—¿Cuánto tiempo llevas ahi?
—Más que tú, eso seguro —Contestó ella sin distraerse de la lectura

Él la miró con escépticismo y se mordió la lengua para evitar discusiones con una loca desconocida.

—Lo dudo bastante... —Murmuró él, finalmente.

A pesar de haber escuchado el comentario, la chica no dijo nada. Siguió saboreando cada página como si su acompañante no estuviera. Así permanecieron bastante tiempo, hasta que el chico se vio obligado a romper un silencio tan incómodo.

—Me llamo Alex —Dijo sin preocupación aparente.
—Yo Marina —Cerró el libro de golpe, lo que provocó un sobresalto en el muchacho— ¿Cómo es que no te había visto antes por aquí?
—Creo que eso debería preguntarlo yo...
—¿Y por qué vienes aquí?
—Bueno, es un sitio tranquilo para leer.
—No, no lo entiendes. Te estoy preguntando si alguna razón existencial o metafísica.

Alex permaneció inmovil mirandola a los ojos y después agachó la cabeza. Desvió su mirada hacia un punto imaginario colocado lejos de allí, muy lejos.

—No lo sé... —Dijo en un suspiro.

[...]

Alex llegó a su casa antes de anochecer. Como de costumbre, se metió en la ducha antes de cenar. Tras haberse aseado debidamente, salió envuelto en una toalla y se miró en un empañado espejo. Apoyó su mano en el cristal y notó como un frío intenso le recorría la piel desde los dedos hasta la nuca. Quitó la mano y, entre las gotas de agua que ahora se deslizaban por el espejo, pudo ver su rostro y sus ojos. Sus profundos ojos.

—¿Cuándo empecé a sentirme asi? —Formuló en voz baja.

miércoles, 10 de junio de 2009

Insensible



Llegó a casa tras un largo día y se dirigió directamente a su habitación. Abrió las ventanas y sacó medio cuerpo al aire, respirándolo, soñando con volar lejos, con irse de allí algún día, con que todo cambiara. Y, tan rápido como la ilusión llegó a su ser, le abandonó y se sumió en un repentino y profundo estado de amargura. Otra vez.

Aprovechando que el ordenador, su instrumento de escritura, estaba encendido, se sentó en la silla y comenzó a escribir para alguien o para si mismo:

Y aquí me hallo, de nuevo, sentado en la misma silla de siempre, usando el mismo teclado de siempre y pensando lo mismo de siempre. Sintiendo lo que suelo sentir y apretando un montón de teclas por si, fruto de Dios, del destino o del azar, sale algo que no sea inservible. Escribir y leer lo que otros escriben es para mi, una vez más, un intento de escapar del tedio, la amargura, la monotonía.

Porque a eso se resume todo: aburrimiento. Sí, levantarse por la mañana, ir a algún lugar al que tienes que ir, y no por gusto, sino por supervivencia, volver al hogar, estar con gente... la misma gente de siempre, en el mismo lugar... Estoy harto. Estoy muy cansado de todo, no encuentro nada que me llene y me parece que, haga lo que haga, no va a servir de nada. Que no voy a alcanzar ninguna meta, principalmente porque no tengo ninguna y, si en alguna ocasión la tuve, acabé como en todas las anteriores: destrozado y arrastrándome por el suelo, intentando mantener una dignidad que casi he perdido por completo.

Y es que las cosas, mi mundo, tal y como está ahora, es, simple y llanamente, una mierda. No se si va a cambiar, desde luego si no cambia no va a ser por no intentarlo, pero parece que los astros se confabulan una y otra vez contra mi en momentos críticos y en los no tan críticos... y lo peor es que todo el mundo me dice que no me queje: que tengo un techo bajo el que dormir, algo que llevarme a la boca, amigos y familiares vivos y sanos... pero es que, por más que yo lo diga, no acaban de comprender que mi hambre no es física, sino espiritual, y que lo que más me duele es que todo el mundo tenga algo que yo nunca he tenido... ¿Envidia? No lo sé, tal vez. Lo que no puedo evitar es que mi estado anímico sea, por norma general, bastante desagradable: creo que, poco a poco, me estoy volviendo un insensible.